Serie monografías | De brebajes y serpientes. Entre la triaca magna y una emergencia de salud global

166 La víbora en la triaca | Jorge Alvar D e b r e b a j e s y s e r p i e n t e s Entre la triaca magna y una emergencia de salud global me resisto a transcribirlo): «Esta enseñanza ha sufrido una excepción en un caballero virtuoso y muy noble, de cuerpo bastante delgado, y en la flor de su juventud, quien en este verano ha durado cuatro semanas bebiendo continuamente cada mañana para desayunar un trago de polvo de viperina, diluido en caldo hecho con media víbora de las que se cazan en las colinas napolitanas: comió una buena menestra hecha de pan empapado en caldo de víbora, aderezado con polvo viperino hecho del corazón, hígado y con la carne picada de la víbora con la que se había preparado el caldo; bebió como refrigerio el vino en el que se ahogaron las víboras; y la cena fue una sopa sencilla similar a la de la mañana; y, sin embargo, siempre me confesaba que no solo nunca había tenido fiebre durante ese tiempo, sino que tampoco tenía ganas de beber, y bebía solo lo necesario para vivir». Descartado el efecto de la hiel por vía oral, el de Florencia fue más allá tratando de demostrar que el veneno se transmitía por la mordedura de la víbora: «En el fondo de esas dos vainas, donde la víbora guarda sus dientes, hay un líquido de color y sabor muy similar al aceite de almendras dulces…, que cuando la víbora desenvaina sus dientes y se apresura a morder, este líquido amarillo necesariamente penetra en la herida». Charas y Redi coincidieron en que los colmillos eran receptáculos huecos por los que fluía ese líquido amarillento, la diferencia es que para el francés era meramente saliva mientras que para el italiano era el veneno. Para demostrarlo, Redi repitió una y otra vez el experimento de hacer incisiones en la piel de gallos, palomas y otros animales, donde aplicaba: «ese líquido amarillo hallado en las vainas que cubren los dientes…», al cabo de tres o cuatro horas, todos habían muerto. La reflexión le llevó a una vieja discusión: «… me hace creer que Cleopatra, cuando quiso morir de forma más rápida y segura [prefirió], ser herida por la serpiente», cuadro expuesto. La gravedad del envenenamiento dependía de la masa corporal de la víctima y de la cantidad del inóculo, lo que Redi describe así: «Dependiendo del tamaño del animal y de la zona fértil donde ataca la víbora, la muerte sobreviene tarde o temprano… [aunque a veces] cura sin ayuda de medicamentos y por obra de la Naturaleza se recupera».

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