Serie monografías | De brebajes y serpientes. Entre la triaca magna y una emergencia de salud global
44 Simbología de la serpiente | Pedro J. Lavado Paradinas y Luis Rivas López D e b r e b a j e s y s e r p i e n t e s Entre la triaca magna y una emergencia de salud global y la exégesis fusionaron definitivamente su figura con la de Satanás, el “Gran Dragón Rojo” del Apocalipsis (22) (Ap 12:9, N-C,BAC). Esta evolución alcanza su cenit iconográfico en el Barroco (talla expuesta de la Virgen Quiteña, siglo XVIII). Aquí, María aparece aplastando la cabeza de la serpiente como encarnación del Pecado Original y la herejía. Curiosamente, esta poderosa imagen se cimenta en un error de traducción de la Vulgata: el cambio del pronombre masculino ipse (él, Cristo) por el femenino ipsa (ella, María) (Gn 3:15, N-C, BAC) transfirió el protagonismo de la redención a la Virgen, consolidando su iconografía como la “Nueva Eva” victoriosa. Paralelamente, el arte medieval debió resolver una paradoja narrativa: ¿cómo un ser monstruoso pudo seducir a Eva? El teólogo Pedro Comestor (23) (s. XII) ofreció la respuesta: el demonio adopta para encarnarse una serpiente con rostro de mujer virgen (ver expuestos la reproducción del Retablo de Solsona de Adán y Eva y el candelabro de la catedral de Segovia). Bajo la premisa de que “lo semejante atrae a lo semejante”, se asumió que Eva no habría confiado en una bestia, pero sí en un espejo de su propia belleza, convirtiendo a la serpiente en un “alter ego” seductor. Finalmente, en los siglos XIX y XX, el simbolismo da un giro radical. Se recupera la morfología de la serpiente constrictora (boas, pitones) asociada ahora a la Femme Fatale y a la figura de Lilit, la primera mujer de Adán, expulsada por reclamar igualdad (24). La serpiente ya no representa la soberbia teológica, sino la búsqueda del placer y la liberación social femenina. Sin embargo, esta imagen es dual; en una sociedad convulsionada por la sífilis y la tensión Eros-Tanatos, la Femme Fatale se convierte también en el símbolo de enfermedad venérea en la que la serpiente pasa a ser la metáfora visual de ambas, desplazando la culpa del pecado original a la mujer (25) (Fig.4).
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