En busca de la sonrisa perfecta

Define el Diccionario de la Lengua Española el vocablo “Dentífrico”, del latín dens, dentis, diente, y de fricàre, frotar, de la siguiente manera: “Dicho de polvos, pastas, aguas, etc.: Que se usan para limpiar y mantener sana la dentadura.” Es una buena aproximación al objeto de esta exposición, toda vez que tales presentaciones, alargadas en el “etc.”, se utilizan para, limpiándola, mantener sana la dentadura. Ese es el objetivo principal y también la razón de ser de cuanto aquí se muestra. Pero no debemos olvidar un fi n importante que se estimula con la rica publicidad que siempre ha rodeado a este grupo amplio de fármacos: la obtención de una sonrisa perfecta, o, lo que es lo mismo, de unos dientes blancos.

Suelen preguntarse los curiosos cuándo arranca esta práctica. Podemos contestar que ya está presente en los primeros textos médicos, tal que en el Corpus Hippocraticum pues en el tratado Enfermedades de las mujeres II, se describe minuciosamente una composición dentífrica que así concluye: “Este remedio limpia los dientes y les proporciona buen olor. A este medicamento se le llama receta india”, de la cual diremos que forman parte las cabezas de liebre y de ratones asadas y trituradas, el polvo del mármol, el anís, el eneldo y la mirra.

El caso es fricare y, con el frotado, eliminar cualquier resto alimenticio que pudiera manchar lo que hoy llamamos esmalte. ¿Con qué hacerlo? Al principio fue con polvos, añadiendo toda clase de ingredientes que pulieran la bella envoltura dental, entre los más preciados los corales, aderezados con ingredientes que proporcionaran un olor agradable, sean triturados de hojas de menta o de violetas, de anises o de miel seca, etc. Nada hay más sensual que una sonrisa, y en el centro de la misma, la blancura dental. La sonrisa es nuestra tarjeta de visita.

Los libros de nuestros médicos, del Renacimiento acá, alojan alguna o varias recetas para el buen parecer de la dentadura. Se dan instrucciones de preparación, pero también de uso, frotando la superficie dental con la yema del dedo índice, con un lienzo, un pañito, una esponjilla o, al final, con un cepillo diseñado a tal fin, del tamaño y forma que convengan a cada boca. En El estudiante cortesano, no obstante, Juan Lorenzo Palmireno, su autor, lo cree asunto de féminas: Los dientes –dice- bien parecen de un estudioso blancos, pero emblanquecerlos con polvillos o zumos es cosa de mujeres…

Durante siglos se confeccionan polvos, aguas y pastas para lograr el objetivo: la sonrisa perfecta. Pero a fi nales del siglo XIX y comienzos del XX, iniciando una tradición que todavía nos alcanza, las revistas femeninas comienzan a poblarse de sensuales sonrisas de bellas damas, absolutas protagonistas, incluso en sus portadas. Casi nunca aparece un varón y si lo hace es como actor secundario. Los dientes se describen como perlas, incluso alguna pasta dentífrica se denomina “Tentación”; actrices de moda anuncian estos productos con el fi n de lograr la belleza, pero también se consigue la salud toda vez que el cepillado limpia el esmalte, también la encía, y aporta los componentes necesarios que favorecen una salud dental y gingival.

Los dentífricos de aquellos días de cambio de agujas de un siglo a otro son hijos de la industria. El Reino Unido los envasa en porcelana, en pequeñas cajas que se guardan y hoy se conservan pues asemejan pequeños joyeros –varios de ellos se exponen en esta muestra-, pero también en lata y cartón; pocas veces, salvo las aguas, en cristal, y se graban en la cubierta dibujos preciosos y lemas que incitan al uso persiguiendo la belleza –cómo no- y la salud. Ésta se ve favorecida por aquella. Las aguas dentífricas se guardan en botellas de orificio muy estrecho que permite un discreto vertido a cuentagotas sobre las cerdas del cepillo dental. Los polvos, en los años treinta a sesenta, son arenillas de perborato sódico y todavía hoy se dispensan en perfumerías y farmacias.

Esta colección, sin precedentes y acaso única el mundo, es una muestra a la que no escapa la belleza de sus muy diversas presentaciones, pequeños joyeros y carteles que forman parte de ese legado artístico que ha acompañado a la farmacia a lo largo de su historia como ya demostró el Prof. Javier Puerto en una magnífica exposición previa animada por la fiebre del coleccionismo que tuvo lugar meses atrás en estas mismas salas. Es un valor añadido, de curioso atractivo que se expone en el Patio de Honor de una institución que cumple 275 años, la Real Academia Nacional de Medicina. ¿Dónde mejor?

D. Javier Sanz Serrulla
Prof. Historia de la Odontología – UCM

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